El día llega con niebla al monte. Con el canto de totovías, pinzones, mirlos... El rastro del jabalí y algunos conejos que pastan por las inmediaciones...
Si observamos el porte que tiene la encina (de unos doce metros de altura y unos cuatrocientos años de vida) veremos por su estructura, por la forma que tienen las grandes ramas que salen del tronco, que es un árbol que ha sido guiado desde su juventud, para la producción de bellotas grandes de calidad para la alimentación de la ganadería. Sus ramas se han ido guiando cada veinte o treinta años, para que crezcan de forma horizontal y no vertical, como lo haría de forma natural.
Este tipo de silvicultura se lleva practicando en La Península Ibérica desde hace unos 4000 años. Forma parte de esa cultura profesional popular, que ha ido pasando de generación en generación, donde se funden los hábitos de la sociedad ibérica con el medio forestal, donde ha evolucionado culturalmente y económicamente sin destruir y sin influir de forma negativa en el medio ambiente.
La silvicultura mediterránea ha perdurado durante tanto tiempo en España, porque las personas que se encargaban de gestionar los montes evolucionaron con ellos, aprendieron con ellos, generación tras generación. Haciendo las labores sin prisa, sólo con un objetivo, el de sacar la mayor producción a los árboles, sin causarles ningún daño durante su larga vida. Cuantos más siglos tiene un árbol del género Quercus, más grande es y más kilos de frutos produce.
Pero, en los últimos cuarenta años la gestión forestal ya no se realiza de forma correcta. Las podas de las grandes encinas, alcornoques, quejigos y melojos, ya no se hacen para guiarlos y que estos produzcan mas frutos de calidad. Se hacen sin ningún criterio técnico (muy mal) para sacarle al árbol la mayor producción de leña, que en la mayoría de los casos le cuesta la vida.
Hoy los montes y las dehesas que están dentro de los parques nacionales, naturales o de especial protección, que tienen como fin la protección y la regeneración de su flora a su estado natural, sus árboles siguen sufriendo podas abusivas cada cierto tiempo, sin ningún criterio técnico, incumpliendo las leyes y los planes rectores de uso y gestión de esos espacios naturales protegidos.
No tiene ningún sentido técnico y económico, que se destinen fondos públicos para alterar el estado físico los árboles, si estos ya no producen para la ganadería. El Estado y Las Comunidades Autónomas están malgastando el dinero público. Se está causando un daño irreparable e irreversible a los árboles y a los espacios naturales protegidos.
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