El águila imperial ibérica estuvo a punto de desaparecer para siempre en las décadas de los setenta y ochenta. Como consecuencia de la desidia que siempre ha acompañado a los malos gestores que han llevado al país hacia el precipicio. La ignorancia del que entiende que todo lo que viene del campo y del monte es atrasado. La prepotencia del que paga por un coto de caza social y se cree con el derecho de disparar a todo lo que se mueve. Cuando se juntan la desidia, la ignorancia y la prepotencia, se convierten en un arma de destrucción.
En el siglo XIX venían a España científicos de todo el mundo para cazar águilas imperiales ibéricas para los museos o colecciones particulares. Daba igual la época del año, estuvieran criando o no.
Durante este siglo ocurrió el mayor desastre natural y social de España. Las desamortizaciones, las ventas de montes y dehesas del estado, de la iglesia y de los municipios. Millones de hectáreas públicas se vendieron a bajo coste a particulares. Dejando sin pastos y sin trabajo a millones de españoles que vivían de estos espacios forestales. La mayoría de estos montes se talaron o se desmontaron, para recuperar rápido el dinero de la compra. El águila imperial ibérica, como los ciudadanos que habían mantenido los montes y las dehesas en perfecto estado, se quedaron sin medio de vida.
Con el siglo XX llegaron revueltas. Guerras civiles y mundiales. La madera para construir y la leña para cocinar y calentar las casas, salió de las últimas manchas que quedaban.
En los años cincuenta se crearon las juntas de extinción de animales dañinos en todo el territorio nacional. Desde Francia vino la enfermedad de la mixomatosis. Dos balas más disparadas desde la ignorancia y la sin razón, que pusieron al borde de la extinción a la especie. 40-50 parejas localizadas en España, quedaban cuando se protegió por decreto ley a la especie a finales de los años sesenta.
Entre los años setenta y noventa murieron 110 águilas imperiales ibéricas electrocutadas, en los diferentes tendidos eléctricos que discurren a su libre albedrío por nuestros montes. Las malas artes de caza y la ignorancia, también se cobraron algunas parejas y nidos con la escopeta y el veneno.
Para rematar la extinción, a mediados de los años ochenta fumigaron todos los montes con la enfermedad neumonía hemorrágico vírica, exterminando al conejo casi por completo en las zonas más conejeras de España.
Después de este genocidio, casi es un milagro que el águila imperial ibérica siga entre nosotros.
Hoy, en el centro de España, los hijos y los nietos de aquellas águilas que consiguieron sobrevivir, se van de los últimos montes mediterráneos que quedan, porque en ellos ya no se dan las condiciones naturales para vivir y criar.
Los conejos apenas se ven por los montes, cuando en los años setenta se cazaban por miles para el consumo humano. Las perdices han desaparecido por el aumento de los jabalíes y la manipulación del clima. Las palomas torcaces apenas crían, pues tienen más alimento y mejores condiciones climáticas en los parques de pueblos y ciudades.
Hoy, cientos de miles de hectáreas de monte mediterráneo se han convertido en desiertos verdes, donde la fauna apenas existe, como consecuencia de este cambio climático artificial creado con ingeniería climática, que está exterminando la vida.
Los árboles y arbustos se mueren de sed y calor. Los insectos desaparecen como consecuencia de los productos criminales con los que fumigan los cielos todos los días del año. Los conejos se han enrarecido o casi han desparecido, con consecuencia de las enfermedades que han introducido. Las diferentes especies van desapareciendo o haciéndose cada vez menos numerosas, por diversos factores asociados al falso cambio climático, creado con ingeniería climática. Mientras, el cáncer, las enfermedades cardiorrespiratorias, neumonías, alzheimer, ictus, enfermedades oculares, artrosis... van aumentando en las personas.





















