google-site-verification=W4JiPUkp_G2kZZVS-o62liN40WEVgPWgCCloRv-xIdc la luz del monte: EL COMIENZO DEL VERANO EN LOS MONTES ATLÁNTICOS

domingo, 23 de junio de 2024

EL COMIENZO DEL VERANO EN LOS MONTES ATLÁNTICOS


Desde la horquilla alta de un roble albar, el águila calzada controla una zona del territorio. Cerca se encuentra el nido, donde está su pareja al cuidado de los pollos, que han nacido hace unos días.

El águila calzada es forestal, construye sus nidos en los árboles. Depende del monte para vivir y para cazar.

Cuando los montes atlánticos se han cubierto de hojas, el verano ya ha llegado a las montañas ibéricas. La floración de los lirios, la maduración de las cerezas y las fresas silvestres, son bioindicadores que no fallan.




El panorama que muestra la mancha de robles albares y melojos es significativo, con árboles de todas las edades y arbustos variados.

Nos da una idea del aspecto que puede llegar a tener dentro de cinco siglos, cuando vuelva a ser aquella mancha forestal de grandes robles de cuarenta metros de altura, con troncos de cinco metros de perímetro.

Lo más parecido a un monte atlántico original, en el que la fauna va a tener más recursos para alimentarse y más agujeros naturales en los que ocultarse, protegerse o criar.




En estas manchas de robles regularmente gestionadas, habita uno de esos pequeños duendes, que sale a volar por el monte en esta época del año, cuando el sol se está poniendo.

Después de unos cinco años de metamorfosis en el interior de un tronco o las raíces de un roble carcomido, salen al mundo los ciervos volantes.




Ahora, las hojas de los grandes robles y otros árboles, van a crear un microclima en el interior del monte que va a regular la temperatura y la humedad. Van hacer posible que la vida siga. Que los insectos y las aves insectívoras completen sus ciclos reproductivos.




En las manchas donde la gestión forestal ha sido irracional y perjudicial. Donde se ha dejado de cortar el monte a matarrasa cada veinte o treinta años, los chaparros que hay ahora, no tienen agujeros naturales donde pueda criar la fauna.

En estas manchas se colocan casetas anidaderas de madera, para que las aves insectívoras se queden en la zona y críen. Asentando y manteniendo las poblaciones de estos pájaros tan beneficiosos para el medio natural.

En la imagen vemos a una pareja de papamoscas cerrojillos, que están criando en la caseta. El macho es el que está posado. La que va a entrar al nido es la hembra.




Los grandes farallones que sobresalen en el monte, son los lugares donde habitan y crían muchas especies de nuestra fauna. Aquí encuentran refugio y defensa ante el tiempo meteorológico y los enemigos naturales.




En el nido de la pareja de águilas reales, en esta ocasión vemos al padre, que ha entrado con un conejo. Si nos fijamos un poco, veremos que los dos pollos son dos hermosas hembras, si las comparamos con el tamaño del padre.

En un mes, mas o menos, saltarán del nido para vivir su vida. El destino sabe que episodios van a vivir en los próximos cincuenta años.




Los pequeños robles nacen de aquellas bellotas que no se comieron los jabalíes, ni el corzo, ni los ratones, ni el arrendajo, ni la ganadería.

Son el futuro del monte. La renovación natural que necesitan todos los espacios forestales, para que el flujo de su vida sea constante y diverso.




Las grandes rocas inaccesibles para los lobos y los zorros, son fundamentales para que las cabras monteses se establezcan en las laderas pobladas de monte.

En esta ocasión, sobre una enorme roca, vemos a dos cabras monteses con sus pequeños chivos.




En ciertos valles del Sistema Central, donde la gestión forestal no fue destructiva hasta el final, podemos disfrutar de la presencia de grandes hayas. Donde no faltan los tejos, los acebos, los robles albares, los sauces de montaña, los endrinos... Una parte de la comunidad forestal que conforma el monte atlántico.




En la entrada del viejo nido construido por un pito real hace años, está criando este año una pareja de trepadores azules. Han estrechado la entrada con barro, para que ningún depredador pueda depredar el nido.




Como dos hojas volantes, vemos a la mariposa limonera libando la flor de un trébol en el claro del monte.




En el arroyo, el pequeño zarcero común se está dando un acrobático baño desde el sarmiento de la zarza. Sin soltar el sarmiento, se zambulle ligeramente en el agua y agita las plumas.




Las grandes manchas de hayas que poblaron los valles más húmedos y templados del Sistema Central, desde La Sierra de La Peña de Francia hasta la Sierra de Ayllón, apenas son un recuerdo de lo que fueron. Sin contar con las que han desaparecido totalmente en el último siglo.

La panorámica que vemos, corresponde a una de las pequeñas manchas que sobrevive en la cabecera del Río Jarama, donde hace tan sólo siglo y medio, se localizaba unos de los hayedos más grandes de La Península Ibérica.




Numerosos zorzales charlos y otros pájaros, entran continuamente a los cerezos para consumir sus deliciosos frutos, con los que alimentan a sus pollos.




Por estas fechas, los cerezos silvestres ofrecen a la fauna y a todo el que lo desee, sus abundantes frutos maduros. Dulces y jugosos.




El lagarto verdinegro es un endemismo ibérico, que habita ciertas zonas montañosas de La Península Ibérica del oeste, centro y norte, donde se asienta el monte atlántico.

En la imagen vemos a una hembra, que ya va perdiendo los colores del celo.




Un piso más arriba que el hayedo, donde las lluvias son más abundantes y las temperaturas más frescas, van apareciendo las manchas de abedules. Donde abundan los acebos, los avellanos, los robles albares, los mostajos...




En estos montes templados fragosos, donde las sombras y los claroscuros lo ocultan o disimulan casi todo, habita el pequeño agateador común. Un pájaro que hace su nido debajo de la corteza de los viejos árboles.




La luz de la mañana se refleja sobre el helecho común. Donde ha dejado una elegante y misteriosa pista de su existencia en el monte, el arrendajo común.




Ahora la vida no se detiene un instante para el carbonero garrapinos. No puede. Tiene que alimentar a siete o diez pequeños carboneros, que le esperan con mucha hambre en el interior del nido, localizado en una tapia.




Las lluvias y los hielos que se van fundiendo en las altas montañas, mantienen con regularidad hasta entrado el mes de agosto, los caudales de los arroyos que corren por el monte.




En las chorreras y en las pozas no faltan los mirlos acuáticos durante todo el año, incluso durante el crudo invierno, mientras no se hielen.




La floración de los lirios comunes marcan el final de la primavera y el comienzo del verano en los montes atlánticos.




En el pequeño claro del arroyo, observamos a la hembra de petirrojo con insectos en el pico. Está inmóvil. Sólo mueve un poco la cabeza y los ojos. Cuando entiende que no hay peligro, se lanza hacia una zona rocosa, donde tiene el nido en una pequeña oquedad, ocupada por cuatro pollos a medio emplumar.


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